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El Alcalde de Zalamea. 2001. Sergi Belbel. Reseña Crítica. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Miguel Medina Vicario   
Lunes, 18 de Octubre de 2010 20:50
 

EL ALCALDE DE ZALAMEA

OTRA MIRADA 

Nos interesa hoy, sobre todo, ob­servar cómo toda pieza dramática maestra, porosa, abierta y ejempla­rizante, permite a sus re-creadores penetrar en un concierto perfecta­mente transportable a diferentes momentos y modelos de espectador.

 
 RESEÑA, 2001
 NUM. 325, pp. 35 -36

EL ALCALDE DE ZALAMEA

OTRA MIRADA


Sergi Belbel surgió en el panorama teatral como capaz de lanzar otra mirada sobre los montajes tradicionales. En esta ocasión retoma la la figura de Pedro Crespo, personaje mítico dentro de la tradición del Siglo de Oro. 

 
 FOTO: ROS RIBAS

Es evidente que Calderón no logró el rango de clásico universal gra­cias a sus textos «al modo de Lo­pe», ni por sus ingeniosos capri­chos mitológicos-fantásticos para gozo y derroche de la Corte. Am­bas «concesiones» no son más que ganapanerías que escoltan lo mejor de su talento: autos sacramentales, el monumento de La vida es sueño y sus determinantes incursiones en el pleito nacional de entonces, el ho­nor social junto/frente al indivi­dual. El Alcalde de Zalamea culmina este último apartado.

 

No parece justificable a estas al­turas desentrañar una vez más los pormenores de la conocida leyenda. Baste con recordar la figura del villano Pedro Crespo, su limpieza de sangre, su pulcra postura ante la pérdida de la honra de su hija, bru­talmente forzada por la pasión de un capitán de los gloriosos ejércitos españoles. Desde su posición de al­calde, imparte una justicia natural ordenando la ejecución del oficial y el posterior restablecimiento del or­den social. Por encima de la peripe­cia tan cara a nuestro Barroco, la figura de Pedro Crespo aparece co­mo espejo de modernidad, superan­do las convenciones de la época. Quizá sea el primer ejemplo de "pa­dre» emblemático en la historia de nuestro teatro.

 

Nos interesa hoy, sobre todo, ob­servar cómo toda pieza dramática maestra, porosa, abierta y ejempla­rizante, permite a sus re-creadores penetrar en un concierto perfecta­mente transportable a diferentes momentos y modelos de espectador. Sergi Belbel respeta íntegramente el texto; se limita, que no es poco, a for­jar un particular espacio escénico y a reforzar o difuminar, según con­venga a sus criterios, determinados rasgos de los personajes. Gracias a una atmósfera descaradamente sim­bólica logra la aparente paradoja de que la realidad de aquellas rudas tie­rras queda más y mejor consolidada.

 

Se nos introduce en una rocosa cue­va en cuyas paredes se contemplan pinturas rupestres. Espacio primi­genio, muy apropiado a una España de contundentes rasgos medievales. La insinuación no queda ahí: para quienes puedan alargar su imagina­ción, la Caverna de Platón no les re­sultará ajena. La sociedad española permanece anclada entre las enga­ñosas sombras del pasado. Alguien, no obstante, podría ascender hasta la superficie por medio de un con­ducto cilíndrico que penetra en la tierra y se eleva como un rayo de luz azulada capaz de iluminar nuestro futuro.

 

El resplandor del fuego -vida, profundidad, hoguera de pasio­nes- ilumina intermitentemente el espacio. Los personajes, en conse­cuencia, no pueden asentarse con sosiego en un contexto a punto de hervir bajo sus pies y sobre sus ca­bezas. Donde Sergi Belbel permite que los personajes transcurran fieles a su autor (Rebolledo, Pepe Viyuela; la Chispa, Clara Segura; Don Men­do, José Luis Santos; Nuño, Camilo Rodríguez), los actores logran un crédito absoluto. Pero cuando el di­rector fuerza la intensidad del dra­ma, aparece un desajuste de discu­tibles resultados. Pedro Crespo, desposeído de toda solemnidad, ex­trema sus rasgos rurales y allí don­de la hondura de su pensamiento necesita imponerse, Roberto Quin­tana no tiene más remedio que re­currir al grito, al aspaviento contra­rio a lo requerido por el Alcalde. Sus hijos, Juan y la inocente Isabel, en esta misma línea, rozan peligrosa­mente el melodrama. Frente a ellos, Don Lope, el Rey Felipe II y Don Álvaro corren el riesgo, en el mantenimiento de sus grandilocuentes composturas, de resultar un punto farsescos.

 

Pese a esta discutible interpreta­ción de ciertos caracteres, el espec­táculo resulta cercano, cálido, nítido en emociones y esclarecedor del dis­curso calderoniano.

 

Título: El Alcalde de Zalamea
Autor: Pedro Calderón de la Barca

Intérpretes: Raúl Pazos, Jordi Dauder, Óscar Rabadán, Paul Redondo, Pepe Viyuela, Clara Segura, Roberto Quintana, Fermín Casado, Carmen del Valle, Mónica Aybar, José Luis Santos, Camilo Rodríguez, José Ramón Muñoz, Bruno Oro, José Luis Massó, Joan Artés, Néstor Busquets, Marc Elías, Óscar Moles

Escenografía: José Manuel Castanheria

Compañía Nacional de Teatro Clásico en coproducción con El Teatre Nacional de Catalunya

Director: Sergi Belbel.

Estreno en Madrid: Teatro de la Comedia, 29 – XII - 2000

 FOTOS: ROS RIBAS

 


Miguel Medina Vicario
Copyright©medinavicario

 
 

 

Última actualización el Martes, 19 de Octubre de 2010 15:35
 
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